Lo conozco: si las cosas se ponen toscas desaparece mágicamente para volver con los vientos calmos, cuando pasó la tormenta. Así funciona su modo operativo. Le mandé un email pidiéndole que apareciera: “Ayer encontré una conversación nuestra del veintiséis de enero, no tengo idea de porque no seguimos hablando. Conectate, hablame. Aparecé, quiero hablarte. Sabés que te quiero mucho. No lográs nada así”. No tuve respuesta alguna, así que seguí presionando sus botones, sabía que tenía que hacerlo reaccionar: “Me estás lastimando mucho y no te das cuenta. Abrí los ojos. Mirame, tocame. Soy real. Te quiero y estoy acá. Quiero escucharte. No me prives, no me censures, no te escapes”. Básicamente quería escucharlo decir: “lamento lo que te está pasando, voy a ir a visitarte” Eso me hubiera hecho feliz. Me contestó con un email lastimero, paupérrimo: “No lo sientas como abandono o desapego. Vas a tener que entender que este momento es difícil para nosotros, estoy complicado, y ocupado con el trabajo. En algún momento nos vamos a volver a ver pero ahora no”. No podes seguir escondiéndote, es estúpido. No sos
la persona que conocí. ¿Qué pasó? ¿Por qué no querés afrontar lo que nos
pasa? ¿Por qué no me querés ver? ¿Te asusté?
la persona que conocí. ¿Qué pasó? ¿Por qué no querés afrontar lo que nos
pasa? ¿Por qué no me querés ver? ¿Te asusté?

No hay comentarios:
Publicar un comentario